26/4/13

Un Oso - J. Berger


Jhon Berger
Cada vez que decimos adiós (1991)
Un oso
El oso estaba en un cuarto, un cuarto amplio con lazos con el pasado, como todos los cuartos que tienen vida.
El oso era un poco mas grande que yo y vivía en ese cuarto. Ese era su lugar. A veces estaba en otros sitios quizás, pero ése era su lugar en que vivía. Yo era un huésped en la casa y en el cuarto.
El oso estaba amarrado a la pared con una larga cadena. Aparentemente no sufría con esa restricción. Era parte de la habitación tanto como el fuego en el hogar, o la mesa junto a la pared con el espejo arriba. Pero estaba vivo. Eso era importante. Aunque estaba encadenado a la pared,
parecía ser el anfitrión del cuarto. Lo último que el visitante podía sentir por él era piedad.
Yo conversaba con él. No con palabras. Si yo hablaba, él comprendía lo que yo había dicho. Pero para conversar con él era necesario actuar.
Tenía que jugar con él, pelear.
Era un oso. Tenía una cola, una larga cola tupida, como ningún otro oso. Sin embargo, lo llamaré oso. Y lo llamaré él. Aunque bien podría ser ella. Quizá no haga falta un pronombre. Puedo llamarlo simplemente Oso.
Estábamos peleando. Pero no había en el Oso ni en mí, ningún signo de temor u hostilidad. Retiraba las garras. Hasta ese momento nunca se me hubiese ocurrido pensar
que podía lastimarme con las garras.
Peleábamos y nos empujábamos de aquí para allá. Todavía puedo sentir la pata del Oso, la piel como la piel de una carpa asada, pero más áspera. Puedo verle los ojos: muy oscuros y opacos. Ocultando cualquier expresión. La danza de nuestra lucha, en cambio, estaba cargada de expresión. Pelear con un Oso es bailar con él.
Bailábamos en la habitación bien amueblada, en medio del silencio del resto de la casa. El Oso y yo.
Fue entonces que noté algo. La cadena amarrada a la pared estaba rota. El Oso todavía no se había dado cuenta. Continué bailando. Era una cuestión de honor.
Preveía los riesgos. Pensé en apartarme de él y salir de allí. Pero no pude. Por más asustado que estuviese, no podía sino acatar una ley que era más fuerte que mi temor. No era yo el que primero debía reaccionar frente a la cadena rota. Era su cadena. Y el Oso continuaba bailando. Como el fuego, el Oso era todavía un prisionero bienvenido en el cuarto.
El extremo de la cadena, antes sujeto a un anillo de hierro en la pared, estaba en el piso. Mis ojos volvían a él mientras conversábamos en círculos cada vez mayores. Y aunque yo todavía estaba muy asustado, sentía algo más. El Oso que había sido llevado de pueblo en pueblo durante más de un siglo, porque el Oso se paraba en dos patas y no en cuatro, porque la piel del oso era tibia y tenía un olor dulzón, porque el Oso tenía ojos inteligentes y movimientos lentos, porque el Oso parecía un hombre a los ojos de algunos hombres,este oso, finalmente había roto la cadena y estaba libre.
En toda liberación, no importa lo que suceda después, hay cierta belleza. La belleza esta en una suerte de abandono. El Oso bailaba abandonándose cada vez más a la danza.
Me había equivocado. El Oso lo sabía. Lo sabía quizá desde el principio.
La belleza estaba en el hecho de que lo sabía y también en el vaivén con que dejaba caer el peso de una pierna a otra. Pensé, Ahora puedo irme: mi propia reacción a la cadena rota no será la primera. Luchando aún, bailando aún, lo conduje hacia la puerta. Hasta entonces había creído que el Oso no había caído en la cuenta de su libertad; ahora creía que el Oso no descubriría mi astucia. Por segunda vez, estaba equivocado.
Con la mano detrás de la espalda, busqué la manija de la puerta. Podía salir por la puerta mucho más rápido que el Oso. La cerraría con llave y abandonaría la casa.
Inmediatamente vi que el Oso tenía un cuchillo. Un cuchillo? O era una garra extendida? Una cuchilla como una cimitarra, curva pero muy corta. De color gris amarillento. Primero una y después muchas.
La pata del Oso me rodeaba el cuello y la punta de cada cuchilla me rozaba la piel. Apreté el cañón de una escopeta contra el estómago del Oso. Esperamos, los dos.
Después dije: Luchemos sin armas.
El Oso arrojó los cinco cuchillos al piso. Yo tiré la escopeta. Antes de que el ruido de las armas cayendo en el piso se hubiese apagado, estaba fuera del cuarto. Cerré la puerta con llave y corrí, tal como lo había planeado. El Oso, pensé, estaba prisionero otra vez.
Durante mi encuentro con el Oso, la casa se había movido, la casa y todo el pueblo con ella. Bajé por una escalera desde la calle principal y al pie de la escalera, en lugar de una calle arbolada, encontré el mar. Las olas rompían mansamente contra los muros del pueblo.
He dicho ya que era de noche? Era de noche cuando comencé a conversar con el Oso. El mar estaba muy oscuro a no ser por la espuma de las olas. Hacía frío. Un frío invernal. El tiempo del Oso.
Subí la escaleras y tomé un pasaje que conducía a el otro lado de la calle principal. Otra vez, abajo, encontré el mar. Durante mi conversación con el Oso, el pueblo se había convertido en una isla. Era imposible escapar.
En una recova vacía entré en un café y pedí una bebida caliente. Nadie en el café parecía preocuparse. Los vidrios de las ventanas estaban empañados. Caminé entre hombres que bebían y vasos tintineantes. Había en el lugar u clima de fin de fiesta. Todos los hombres eran campesinos del pueblo. Me conocían –aunque me consideraban un extranjero-. No había en ninguno de ellos el menor rastro de sorpresa frente al hecho de que su pueblo, tan alejado del mar, se hubiese convertido de la noche a la mañana en una isla.
Supe entonces que el Oso pronto estaría en libertad. La puerta trabada no sería un obstáculo allí donde una cadena y el hábito de un siglo habían fracasado. El Oso me encontraría detrás de los vidrios empañados.
Abandoné el café y caminé por el primer sendero a la vera del mar. Cuando miré las escaleras, vi al Oso que bajaba despacio, vestido. Esta vez ninguna astucia podría salvarme.
Y, sin embargo, en la figura del Oso vestido, bajando los escalones en la oscuridad y el frío, perduraba un rastro del abandono que había percibido en el momento de la libración. Ese rastro me dio placer, mas allá del miedo. Un placer como un pájaro pequeñísimo, el más pequeño del mundo –el picaflor-, un pájaro cantando debajo de una enorme catarata.
De mi bolsillo saqué un libro y corrí hasta el único farol del as calles del pueblo, y allí comencé a leer.
El libro contaba la historia del Oso y la mía. Pasé rápidamente las paginas hasta la última para ver lo que sucedería.
Caminé hasta la escalera. El Oso estaba a mitad de camino. Comencé a acercarme. El animal no dio ninguna señal. Estábamos muy cerca ahora, pero a pesar del enorme peso del Oso, cada pata alcanzaba el escalón siguiente sin el menor ruido. Mientras subía y esperaba nuestro encuentro, pensé que en ése silencio quizás encontraríamos la paz.
El libro decía que el Oso había perdonado.
................

25/5/11

Aguas de Marzo - 2011.

Bangkok del Diablo
punta de piedra como lengua áspera que lame.
Un desorden apropiado para nos
.
Córdoba
familiar,

amada ceremonia de barro y río.
Mar del plata mirando el tsunami de cara al mar.

120mm Blanco & Negro









12/4/11

El Puma

Decía “a 500mts Puma”.

Pero sólo podía ver una mula, un cartel de J&R y el barro antes de llegar al río.

Alguna vez, había visto coyotes, delfines, un pájaro azul. De niña, destripamos una pequeña culebra y vendíamos su cuero junto a dulce de frambuesas.

El cielo explota, se quiebra en nubes blancas y grises cargadas de frío después de la tormenta. Retuercen el horizonte y en el reflejo máximo donde el sol cegó mis ojos,

me distraigo,

y veo cómo del barro sale aquella mula , ahora furiosa, ahora veloz.

El cartel ya no es neón ni letras y el horizonte que era nubes ahora es noche.

La mula no está y a cambio de eso, la noche era día y yo estaba entre las garras del puma.

Olía a frambuesas y niñez.

18/6/10

Plastic eyes in California - 2009.

California Trip:
Del mar a las montañas y de las montañas al mar.
Desiertos, neones, bares de rutas, coyotes, camiones hermosos y los árboles más gigantes del mundo. Pájaros azules, playas, cosecha de Agosto y una cámara plástica 120mm.
















Plastic Eyes in California.
Fanzin edición limitada 20 ejemplares:
Papel obra 80gr, 13x15cm, 17(pag.)
Impresión Laser.

9/5/10

Temporada

Como lluvia.
Caían las hojas amarillas como una suave lluvia.

Él hablaba.
Y hablaba.
Y yo no podía dejar de mirar detrás de él.
Los árboles se movían suave y caían esas hojas amarillas, de árboles amarillos, que ya querían desprenderse de las hojas, que una temporada atrás habían estallado en brote verde, verde, de néctar verde vibrando fuerte, ahora ya maduros y carnosos, ahora ya amarillas de ciclo cumplido, caían suaves, lento, girando en sí mismas hasta el suelo.

Sonreí.